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5Nov2018

Después de tantas investigaciones. De tantos expertos en educación explicando que el expediente académico es una medida obsoleta que no debería etiquetar a los estudiantes. Después de que el jefe de Relaciones Públicas de Google, el señor Laszlo Bock, gritara a los cuatro vientos que haber sacado un montón de sobresalientes y matrículas de honor en la universidad no te habilita a desempeñar un trabajo, todavía algunos los centros educativos, siguen erre que erre. ¿De verdad los sobresalientes tienen que ser tan importantes en los colegios?

Hay centros educativos siempre tienen en cuenta lo mismo. Y es una pena

Siempre siguen con su misma metodología. Con sus mismos recursos, con sus mismos programas y con ninguna intención de cambiar algo y salir de lo que es “tradicionalmente correcto”. Hoy, desde educación primaria, los alumnos tienen que someterse a los temidos exámenes, pruebas anticuadas que intentan valorar si se ha adquirido bien los conocimientos de una asignatura. ¡Cómo si los exámenes fueran la única herramienta para saberlo!

El sistema educativo lo único que valora y tiene en cuenta para pasar al siguiente curso, son los números: un estudiante ha sacado sobresalientes en todas las materias pero ha tenido malos comportamientos en el aula. No ha mostrado ningún tipo de compañerismo ni solidaridad con los demás y no ha sabido gestionar sus emociones. Pero oye. Muy bien. “Promociona y nos vemos el año que viene”. Ahí queda eso.

¿Aprobar los exámenes es lo único que importa?

Desde pequeños muchos centros educativos incitan a los niños a estudiar y a aprobar los exámenes. Les mienten diciendo que con eso será suficiente. Y sí, estoy de acuerdo, puede que sea suficiente para no repetir curso y para ir superando cada etapa educativa. Pero, ¿y después qué? Muchos estudiantes salen de las universidades con un expediente académico de sobresaliente y no tienen ni idea de qué hacer. Y no sólo eso, si no que no tienen las habilidades necesarias para entrar en el mercado laboral.

Hablemos de la educación. Un alumno ha decidido estudiar magisterio y ha sacado muy buenas notas en la carrera y los docentes están encantados con él. En el momento de hacer las prácticas en un centro educativo, los tutores encargados de su formación dicen que no está haciendo bien las cosas, que para trabajar con niños hay que adoptar una actitud positiva y creativa. Que hay que ilusionarse con la enseñanza y dar lo mejor de cada uno.

Pero no hay que olvidar que ese alumno, ha obtenido las mejores calificaciones en las asignaturas. Sin embargo, otro estudiante, que ha ido renqueando con las notas, llega al centro de trabajo y se muestra encantado, capaz de trabajar en equipo, teniendo en cuenta las emociones de los compañeros, de los niños y de los padres, y dispuesto a seguir aprendiendo y disfrutando con la experiencia. ¿De que sirve ser un estudiante modelo en cuanto a expediente académico se refiere si no se es capaz de ser una persona tolerante, respetuosa, creativa, con ilusión, inspiración y comprometida con sus valores?

¿Y los montones de cosas que no se aprenden (pero se debería) en el colegio?

¿De que sirve que un estudiante de educación primaria apruebe todos los exámenes si no es capaz de gestionar sus impulsos, tolerar el fracaso, respetar las opiniones de todos los compañeros y trabajar en equipo? Esta claro que se puede ser una eminencia en cirugía, haber obtenido un montón de diplomas y reconocimientos en la materia. Pero, ¿qué pasa si se pierde a alguien en la mesa de operaciones y el cirujano no sabe cómo hablar con las familias? O sí que lo sabe, pero no muestra ni el menor tacto, empatía y sensibilidad que requiere la situación?

En el caso del niño de educación primaria si no ha aprendido a ser persona, a convivir con los demás, a reflexionar, a tomar decisiones y a respetar las de los demás y a trabajar en equipo, puede que tenga graves problemas para enfrentarse al mundo dentro de unos años. En el caso del cirujano, sin lugar a dudas, se ha formado para ser un gran médico. Pero creo yo, que los médicos también necesitan aplicar la inteligencia emocional y otras habilidades que quizás no estén escritas en el expediente académico en muchísimos momentos.

Los sobresalientes no deberían ser la única opción hacia el éxito

Un expediente académico brillante no debería ser la llave del éxito. Aunque en bastantes centros educativos sea lo más importante y en muchas empresas sea en lo primero que se fijen. Un buen expediente académico no debería ser el único motivo y objetivo de las instituciones educativas. Los alumnos, tienen que salir de las escuelas con algo más aprendido que las asignaturas. Tienen que salir con algo más que sobresalientes en las mochilas. Tienen que aprender a desarrollarse como personas, a aplicar valores, a tener en cuenta a los demás.

Tener una cantidad increíble de sobresalientes no significa que se sea mejor que otras tantas personas que no los tienen, no significa que se vaya a estar más cualificado para desempeñar un trabajo. El expediente académico, es una medida arcaica que los centros educativos no deberían poner en los primeros puestos de objetivos a cumplir. Un estudiante de sobresalientes, no es más capaz que uno de 5, esa calificación simplemente demuestra que el alumno de 9 ha estudiado más esa asignatura o que ha tenido más suerte que el otro porque han caído las preguntas que se sabía.

¿Cuándo nos daremos cuenta que el sistema educativo es desastroso?

El sistema educativo no debería fomentar simplemente eso. La educación, debería ir mucho más allá. Mucho más allá de sobresalientes, exámenes, trabajos, libros de texto, apuntes, resúmenes… La educación, debería favorecer los momentos de tolerancia y respeto entre los compañeros. Debería dar oportunidades para que los estudiantes se comprometieran con algo, trabajaran en equipo de forma cooperativa y desarrollaran habilidades sociales.

Y, por supuesto, se debería guiar a los alumnos en la gestión de emociones y de sentimientos. Enseñar que hay otros caminos a parte del expediente académico para conseguir un trabajo. Los centros educativos deberían proporcionar situaciones y momentos en los que los estudiantes se formasen como personas sensibles y con empatía. Los sobresalientes están vacíos si no se aprende a ser persona. Un sistema educativo, que hoy por hoy, no tiene pinta de cambiar ni de actualizarse. ¿Para qué? Si en España tenemos una educación sensacional… (nótese la ironía).

9Jun2018

Todos hemos tenido una maestra o un maestro que recordamos de manera entrañable por su ternura o su paciencia; los hubo y los habrá que no, que los recordemos por su firmeza o exigencia, pero todos tienen un denominador común, todos han sido habitantes del planeta escuela.

Son personas como tú y como yo, salvo que a ellos les exigimos un extra de autocontrol, de sobre atención con cada uno de nuestros hijos y un extra de tiempo y calma ante las exigencias del sistema. Y no, no creo que sean súper héroes ni súper villanos, son seres normales y corrientes; son madres, son padres y algunos hasta abuela o abuelo. Son de carne y hueso; sienten, sufren y padecen como cualquiera.

Los docentes también lloran de pena al decir adiós a sus alumnos: te conozco, te acompaño, te guió, te cuido, te respeto y te educo, para luego decirte adiós una y otra vez. Cambian las caras, los nombres, las historias, pero todo se repite con una cadencia de ciclos entrañables, una y otra vez.

Los docentes también lloran de dolor al saberse menospreciados o agredidos tan sólo por ejercer su trabajo, de convivir con el insulto o la falta de respeto, y a pesar de ser inmerecido, soportan la carga como si fuera parte de su mochila. Os aseguro que un docente no recibe formación específica para soportar reproches. Eso no se estudia en ninguna asignatura, eso se aprende a base de experiencias a veces muy ingratas.

Los docentes también lloran de impotencia cuando ven que no consiguen sacar de sus alumnos todo lo que saben que pueden llegar a dar; y se revuelven entre técnicas de motivación, de refuerzos imaginarios, de paciencia infinita, de inventos caseros pensados para esos alumnos que no olvidan incluso estando fuera de la escuela. Eso sí que es llevarse el trabajo a casa, pero en el alma.

Los docentes también lloran de frustración; esos noveles que llegan a las aulas queriendo comerse el mundo con tal intensidad que terminan muchas veces sin saber por qué ni cómo, pero al final es el mundo quien les ha comido a ellos. Sus expectativas más idealizadas chocan contra el muro de la rutina y del sistema, dando al traste con muchas de sus ilusiones.

Los docentes también lloran de desesperación hasta obtener una plaza definitiva, llevando siempre en la maleta el estigma de los inicios de la profesión. Aquí te toca aquí te aguantas; da igual que te venga bien o mal, que tengas hijos, proyectos o familiares que te necesiten. No importa, hay que estar disponibles, siempre disponibles.

Los docentes también lloran de amor, de alegría y satisfacción cuando cada curso sienten que su empeño ha servido para ir más allá de la didáctica académica. Cuando ven su esfuerzo en el proceso y en los resultados. Cuando en muchos casos han surgido lazos con sus alumnos o familias que traspasan de lo profesional a lo personal. Siempre hay un recuerdo especial que conecta con cada una de las personas que pasan por sus aulas. Es increíble. ¿Cómo se puede guardar tanto cariño en un sólo corazón?

Detrás de cada docente hay una historia de vida, de obstinación incluso hasta llegar a ejercer su carrera, su profesión, su decisión de vida; porque ser y dedicarse a la docencia no es una causalidad, es más bien una actitud muy premeditada.

Después de la familia directa, las educadoras y las maestras son las primeras figuras de apego de nuestros hijos fuera de casa. Con ellas se adaptan a un mundo nuevo de experiencias, de destrezas y herramientas, de fichas, de bocadillos imposibles de recomponer y de zumos desparramados sin control por el aula. Son quienes como por arte de magia adentran a nuestros hijos en el maravilloso mundo de las letras, los números, los colores y de las primeras palabras raras. Se crea entre ellos un lazo invisible trenzado a base de normas, sonrisas y mucha complicidad.

Los días viajan en el tiempo llevando la práctica docente como referente una mañana tras otra, tragando saliva, dolor de garganta, tirando del “buenos días con alegría” como si nunca les pasara nada, como si algo sobre humano les hubiera inmunizado de las penas propias y ajenas… y nada más lejos de la realidad. Soportan lo insoportable incluso a veces más allá de lo razonable, pero sólo son personas, sólo eso.

Nunca olvidemos de dónde venimos ni a quiénes debemos lo mucho que hoy somos y sabemos; porque todo lo que se enseña con cariño se conserva en la retina de los buenos recuerdos.

Gracias Docentes, hoy queremos que vuestras lágrimas sean también nuestras.

No es magia, es educación.

Luis Aretio